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En plena crisis sanitaria del ya más que conocido COVID-19, es tiempo de parar un poco y reflexionar sobre algunos asuntos importantes  que ya se pueden observar en el ideario común. Cumplida la primera semana de aislamiento en España son ya más de 21.500 casos de contagiados  y la más que dolorosa cifra de casi 1.100 muertes, siendo muchas de ellas desgraciadamente pertenecientes a la tercera edad, grupo más vulnerable frente a este virus. Nos cuentan que esta situación se agravará aún más antes de que la famosa  “curva” remita y que tenemos que hacer todo lo posible para que no aumenten los números de esta pandemia.

Pero, ¿realmente podemos hablar tan fríamente de “datos, números y estadísticas” dentro de todo este desastre? ¿Cuándo nos preocupa la muerte y cuándo no? Cuando comenzó la crisis del coronavirus se hablaba de población de riesgo y tal, nada grave parecía. El coronavirus atacaba directamente a una población “menos importante”. Desgraciadamente, esto creó un pensamiento frio y distante entre las personas menores de 65 años hacia la tercera edad, convirtiéndolos en “simples datos”.

Evidentemente, los ancianos no son simples datos. Son abuelos y abuelas, vecinos y vecinas, curiosamente  los más preocupados en esta crisis, sobre todo por aquellos que no son ellos mismos. No podemos reducirlos a una cifra. Es muchísimo más que eso. Todos somos más que eso.

La situación ha empeorado por momentos para todos y en especial, como era sabido, para las personas mayores. El Ministerio de Sanidad ha anunciado que el protocolo sobre las medidas que deben seguir los profesionales sanitarios que trabajan en residencias de ancianos se va a convertir en orden ministerial y por otro lado, ya se habla que ante el colapso de las UCI se darán prioridad a los enfermos que tengan más esperanza de vida.

Esto se traduce en reducir al mínimo posible el número de trabajadores sanitarios y no sanitarios en contacto directo con el residente en sospecha o enfermedad, entre otras medidas y en prevalecer la vida de una persona joven frente a la de una persona mayor de 65 años.

Ante esta  grave situación, ¿quién cuida a esas personas?, ¿qué solución le dan a estos ancianos, que por si fuera poco, no hacen más que ver en las noticias las trágicas noticias de los fallecimientos en otras residencias de mayores? Hablamos de Cáceres o de Madrid, y también en Sevilla, pero cada vez más se va extendiendo al resto de residencias españolas. La sensación es de desprotección al grupo más vulnerable. Una desprotección que, además no parece encontrar alguna solución a corto plazo.

Y por otro lado, ¿cómo pueden sentirse esas personas mayores que en estado grave de enfermedad se sienten solos, desvalidos y desprotegidos de un sistema sanitario público que es de todos y para todos, y que frente a la vida los deja apartados?

Son momentos duros y muy difíciles para las personas mayores y para todos los familiares y amigos de aquellos que están sufriendo directamente esta enfermedad que está asolando España.

No olvidemos quiénes han sido nuestros mayores y cómo ellos contribuyeron a los que somos ahora. Sin ellos, no seríamos. Luchemos por todos, #quedémonosencasa.  

 

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